Un cítrico no para nunca: mantiene la hoja todo el año, florece varias veces y aguanta fruta madurando mientras tanto. Eso se paga en comida, y es la razón de que un limonero mal alimentado tenga siempre el mismo aspecto cansado por mucho que se riegue.
Tres veces al año basta: en marzo, cuando arranca; en junio, para aguantar el verano y la fruta cuajada; y en septiembre, pensando en los limones de invierno. De octubre en adelante, nada.
El abono tiene que ser de cítricos, no universal. La diferencia está en el hierro y el magnesio, que es justo lo que nuestra agua les bloquea. Con un abono corriente la planta crece y la hoja sigue amarilleando, y uno acaba echando más de lo que no le falta.
En maceta cambia la cuenta: el agua de riego se lleva el abono por el agujero de abajo, así que toca abonar más flojo y más a menudo. Cada tres semanas en temporada, a media dosis.
El abono de octubre en adelante hace daño, aunque parezca que ayuda. Empuja brote tierno justo cuando llega el frío, y ese brote nuevo es lo primero que se quema en la primera helada.