Debajo del verde hay una capa que no se ve. Con los años, entre la hierba y la tierra se va formando un colchón de restos de siega, hojas y raíces viejas: el fieltro. Mientras es una capa fina no molesta, incluso protege. Cuando pasa de un centímetro, empieza a ser un problema.
Un césped puede verse verde y estar viviendo encima de ese colchón. Se riega y el agua se escurre por los lados; se abona y no responde; se siembra y la semilla germina en el aire y se seca a los pocos días. Escarificar es abrir esa capa: unas cuchillas verticales la rasgan y arañan los primeros milímetros de tierra.
Se hace con el césped en crecimiento, para que tenga fuerza de recuperarse. En el Vallés el mejor momento es septiembre y octubre, y marzo o abril la segunda oportunidad. Nunca en pleno verano ni con el suelo helado. El orden es: segar bajo, pasar la escarificadora en dos direcciones cruzadas y retirar todo lo que saca — siempre sale mucho más de lo que uno espera.
Los primeros días queda feo, y eso asusta a mucha gente. Es normal: la máquina deja el césped rasgado y con la tierra a la vista. Precisamente por eso escarificado y resiembra van seguidos: con semilla, mantillo y riego, en tres semanas está más espeso que antes de tocarlo.

Las cuchillas tienen que arañar la tierra, no ararla: con dos o tres milímetros basta. Y no escarifiques si esa semana no vas a poder regar — el césped queda abierto, y lo primero que aprovecha un suelo desnudo es la mala hierba.